Buen Fin

Luis Miranda. Redacción

Dijo el maestro Antonio Burgos que no hay cosa más bella en el mundo que ver a un palio alejarse. No había nada más que decir, porque la imaginación de quien escuchaba y leía ya componía el paisaje del color, la belleza de la Virgen todavía en la retina, la luz purísima de las abejas, el terciopelo, el oro y la música que mientras se pegue a los tímpanos será que nos tiene atrapados en su atmósfera única.

Para quienes sudaron y sudan bajo esas trabajaderas hoy habrá un recuerdo y una lágrima por el compañero caído a tantos miles de kilómetros. Para quienes le quisieron como hermanos, hijos, padres y amigos, será mucho más profundo y nunca terminará de marcharse, pero al cabo del tiempo, cerradas las heridas o por lo menos sin dejar de quemar en la piel, quedará, seguro, la dulzura exquisita de un palio que se aleja con una marcha clásica dejando en la boca el sabor más dulce y la promesa de que tras esa penúltima chicotá, para él y para todos, siempre habrá un Buen Fin.

Un campo de batalla trás la derrota

abc_vs2011Dolores, Descendimiento, Soledad, Expiración y Sepulcro se quedan en casa después de que las nubes no les dieran ninguna oportunidad
Redacción. Luis Miranda

Normalidad. La peor palabra del mundo para hablar de la Semana Santa. Frente a las calles que se transforman en templos heterodoxos y bulliciosos, la normalidad de quien camina ajeno a todo lo que le rodea. Si uno esperaba un paraje urbano tomado por un paso, regresaba su habitual estampa de veladores, prisas y parroquianos. No había en los barrios de la Ajerquía demasiados visitantes de otros lugares de la ciudad y casi parecían vivir un día cualquiera. No cabía más tristeza en los charcos repetidos, en los paraguas abiertos, en la soledad de unas calles acostumbradas a estar atestadas en días como ayer. ¿Viernes Santo? Otra vez lo sería sólo en los oficios de las iglesias, pero no para las cofradías en las calles ni para la Señora de Córdoba en su anual correspondencia de visita al pueblo que tanto la venera.

No llegaron los ánimos enteros a la última tarde. No estaban los cuerpos cansados por el Jueves Santo y el apurar de la Madrugada. No dolían las rodillas de las caminatas y las esperas, aunque las colas para entrar a las iglesias hicieran lo suyo, ni olía a cera el asfalto, más que de lo que quedara del Miércoles Santo. Se acordaba todo el mundo de lo que había pasado con el Jueves y las predicciones eran exactamente las mismas. El día fue un calco. La mañana, algo menos serena, tuvo un pequeño chaparrón y se comenzó a estropear en serio a partir de las tres de la tarde.

Poco después de las cuatro ya diluviaba. Si alguien soñaba, se despertó con un jarro de agua fría y una bofetada de realidad. No se diferenciaba mucho el día del anterior: trombas fuertes de agua de corta duracion, más o menos lo justo para caer en la cuenta de que hay que se prudente. A las 16.45 tenía que salir de los Dolores y no quiso ni mirar el horizonte: suspendió enseguida. Sus nazarenos y costaleros hicieron turnos de vela ante sus dos pasos y fueron pasando ante sus titulares. La Señora de Córdoba, majestuosa en su peana, lucía del todo enlutada, con la saya negra compañera del manto de los dragones que siempre lleva el Viernes Santo. En su paso dominaban las rosas de un tono muy pálido y las blancas, pero también había calas y celindas, estas de crianza natural suministradas por un hermano.

Para el Cristo, sus ya habituales rosas rojas a los pies y en las dos jarras. A la hora en que iban pasando sus cofrades y esperaba en las puertas el pueblo de Córdoba, la Expiración de Málaga y la Estrella de Córdoba se alternaban en la ofrenda de música para las imágenes, pero poco después de las cinco y media de la tarde volvió la lluvia y con fuerza. Las bandas, que tocaban en la plaza de Capuchinos, dieron por terminado el recital y fuera el pueblo esperaba para rendir visita a la imagen más venerada de la ciudad.
A las seis tendrían que haber salido la Soledad y el Descendimiento. La Corredera tenía el trasiego normal de cualquier día, con la gente sentada disfrutando del día festivo. Las colgaduras de la ermita del Socorro estaban empapadas y por la calle Agustín Moreno no había ni alma hasta la misma parroquia de Santiago.

Más visitas

Pidió media hora y empezó a llover. No habría forma de cambiar el sino del día. Por la antigua calle del Viento, donde da la desconocida portada gótica de la iglesia, los costaleros eran pesimistas. La cofradía suspendió al poco y las rendijas de la puerta dejaban ver cómo el paso se movía para disponerse en el altar mayor mientras el agua repiqueteaba fuera. Sobre un cuadro en caoba, bronce y el morado de los iris reinaba la Virgen de la Soledad, consolando con su serenidad de dos lágrimas a sus hermanos y devotos del barrio, que por fin pudieron rezar delante de Ella en el día en que se había quedado sin su Hijo.

El Descendimiento tampoco se lo pensó demasiado, ni para suspender ni para abrirse a su gente. Demasiado tiempo esperando un barrio a su hermandad como para tenerlos otro rato aguardando. El cielo había dado una tregua entre las seis y las siete de la tarde y medio Campo de la Verdad se agolpaba para ver a sus pasos, rojo y oro el del Cristo y blanco y rojo el de la Virgen del Buen Fin. Sólo llovían saetas y emoción en aquel momento de ir y venir de niños de esclavina y nazarenos marchándose a casa, pero la cofradía no necesitaba estar en la calle para saberse querida por los suyos.

El claro duraba poco y se sabía. El Puente Romano, privilegiado observatorio meteorológico del cielo, mostraba otro negro nubarrón a punto de descargar en Córdoba. Había ciertas dudas con el Santo Sepulcro, que venía con fama de no suspender casi nunca, y que quizá soñara ir a la Catedral y volver a casa, como hizo en 2006. El Patio de los Naranjos, meta de todas las hermandades, esperaba vacío en vano.

Hacía rato que se había perdido la esperanza y junto a la parroquia de la Compañía no había ni de lejos el ambiente que rodea otros años a la elegante cofradía. Las enormes puertas estaban cerradas, pero por los costaleros se escapaba la noticia pasadas las siete y media: la hermandad había suspendido hacía ya bastante tiempo. En aquel momento se estaba rezando el via Crucis en el interior y la hermandad abriría después para que el pueblo admirase a sus titulares en sus pasos. No defraudó su puesta en escena, con la iglesia a oscuras y la única luz de las velas, como si el Señor realmente estuviera en la frialdad oscura de su sepulcro.

A su lado, el paso de palio mostraba todo el esplendor de su impecable candelería iluminando a la Virgen, a San Juan y a la Magdalena. Altas piñas cónicas de claveles blancos eran la ofrenda que la hermandad había preparado para este año en que Nuestra Señora del Desconsuelo en su Soledad por primera vez no pisaba las calles el Viernes Santo. Desde 1985 no suspendía la cofradía su estación de penitencia por culpa de la lluvia.

A esas horas también la Expiración había anunciado que no saldría a las calles. Llovía con mucha fuerza para bendecir la decisión de las demás y no se esperaba otra cosa. En la cabecera de San Pablo estaban los dos pasos, severo y ascético el del Señor y rico sin perder la contención el de la Virgen. Con la caída de la tarde y la fuerza de la lluvia, parecía que el Cristo de la Expiración se estaba muriendo y el cielo se preparaba para las tormentas de las que habla el Evangelio. Fuera, la gente se agolpaba en la rampa de la iglesia de San Pablo.

No pudo rezar la cofradía por los fallecidos por el cáncer ni por quienes luchan por superar esta enfermedad, pero ardió el cirio que con su inscripción llevaba la Virgen del Rosario y muchos cofrades lo tendrían presentes en sus oraciones, repetidas en todas las iglesias antes y después de que se abrieran las puertas.
Poco después de las diez de la noche, Córdoba era un paisaje húmedo y triste, barrido por los aguaceros y con el alma hundida. Valdría la metáfora del campo después de la batalla, con un ejército derrotado por un enemigo sin piedad, el silencio de quien no tiene palabras y el olor al asfalto en vez del rastro de la sangre

Dibujo de fray Ricardo para el manto del Buen Fin

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José Prieto. Redacción Foto: Rafael Alcaide

La hermandad del Cristo del Descendimiento presentó ayer el diseño del bordado del manto de salida de Nuestra Señora del Buen Fin, cuyo autor es fray Ricardo de Córdoba. Más tarde, durante la misa por los hermanos difuntos, se bendijo el nuevo manto de la Virgen del Refugio, confeccionado en el taller de bordado de la cofradía con dibujo de Antonio Villar.

El paso del Descendimiento aparecerá totalmente dorado

Luis Miranda. Redacción

El paso del Santísimo Cristo del Descendimiento se presentará el próximo Viernes Santo totalmente terminado de dorar. Los talleres de José Carlos Rubio están ultimando la aplicación del pan de oro a los respiraderos laterales, los únicos que quedaban todavía en el color de la madera.

El estreno de este año será bastante significativo porque supondrá la culminación del proceso de reforma iniciado en el año 2001, y que supuso la realizacion de mejoras y de modificaciones para un paso que en esencia seguiría siendo el mismo y conservaría las características que había tenido desde la década de 1940, según era deseo de la cofradía del Campo de la Verdad.

En ese momento, José Carlos Rubio dio al paso nuevas dimensiones, de forma que sería más estrecho y más largo de lo que era hasta entonces. Esto perseguía una finalidad tanto estética como práctica, ya que las nuevas medidas permitían que pudiese pasar por las calles Conde y Luque y Deanes en su camino de regreso.

La hermandad se ahorraba así casi dos horas de camino, que antes tenía que emplear regresando al Puente Romano a través de la calle de la Feria o del lateral de Conde de Vallellano, lo que implicaba hacer un rodeo bastante largo.

Nuevos candelabros.

José Carlos Rubio realizó nuevos candelabros para el trono en sustitución de unos anteriores mucho más rígidos, mejoró las cresterías y sustituyó las características cabezas de los evangelistas de las esquinas por otras exactamente iguales, pero de mayor tamaño. También incorporó algunos elementos iconográficos, retalló las partes más deterioradas y realizó maniguetas, de las que el paso, obra de Antonio Corrales León, carecía hasta entonces, y que son la única parte del paso que no aparece dorada, sino en color caoba.

En aquel año 2001 el trono apareció en el tono de la madera desnuda, ya que los trabajos habían supuesto la eliminación total del dorado anterior, que era de muy mala calidad y de la misma época en la que se realizó el paso.

En años sucesivos, el taller de José Carlos Rubio emprendió la aplicación del pan de oro al renovado paso, que este año al fin se mostrará terminado en la tarde del Viernes Santo. También se dio policromía las cabezas de los cuatro evangelistas y a las cartelas de la canastilla.

El Descendimiento, la Soledad y el Sepulcro critican que se beneficie a los Dolores

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José Prieto. Redacción.

Se rompió el silencio. Las tres cofradías del Viernes Santo que se oponían a que la hermandad de Nuestra Señora de los Dolores llegase hasta la Catedral la primera de la jornada han manifestado su postura ante los acontecimientos de los últimos meses. Las hermandades de la Soledad, el Descendimiento y el Santo Sepulcro acabaron ayer el mutismo que durante este tiempo han mantenido para arremeter duramente contra la Agrupación de Cofradías, a la que acusan de «parcial y arbitraria» en la postura adoptada en la polémica originada, en la que creen que ha actuado «como parte implicada al elaborar una propuesta de itinerario a favor» de la hermandad de Los Dolores. En un comunicado hecho público ayer que firman los tres hermanos mayores, las corporaciones critican la actuación del máximo organismo cofrade, al que echan en cara que no haya seguido el mismo criterio en este y otros casos similares de cambios de horarios de otros días en los que fuentes de las hermandades aseguran que se requiere «la unanimidad de todas las cofradías afectadas». En este caso, los Dolores bajará a la Catedral antes de carrera oficial con la postura en contra de estas hermandades, que temen que lo ajustado de los horarios pueda perjudicar el discurrir de los cortejos hacia el primer templo de la diócesis, lo que hacen por las mismas calles. Así, en el supuesto de que ocurran incidencias en las estaciones de penitencia del Viernes Santo, las hermandades «no se hacen responsables bajo ningún concepto de las mismas, dado que han manifestado y argumentado su discrepancia con la organización y planificación realizada por la Agrupación de Cofradías», reza el comunicado. Por petición del Obispado No obstante, han accedido a que este año sea como el máximo ente cofrade ha planificado «gracias a la intervención del delegado diocesano de hermandades y cofradías», Pedro Soldado, que junto a las hermandades de la Soledad, el Descendimiento y el Santo Sepulcro, ha tenido en cuenta «el interés general del Viernes Santo en atención a evitar escándalos que perjudicaran a nuestra querida iglesia diocesana», a la que han querido complacer en su petición. Así, están a la espera de firmar un acuerdo en el que se recoge su consentimiento de que la hermandad de los Dolores baje a la Catedral en primer lugar sólo en 2008. En función de cómo transcurra el Viernes Santo, piden que el año que viene se estudie su propuesta de que los Dolores llegue a la Catedral después de carrera oficial aunque haya que adelantar los horarios de la jornada. Pese a todo, el comunicado enfatiza el deso y alegría de las tres hermandades firmantes en que los Dolores haga estación de penitencia en la Catedral, «lo que redundará en beneficio de nuestra Semana Santa y el Viernes Santo», por lo que felicitan a la cofradía de San Jacinto. Según el comunicado, las tres hermandades habían decidido no hacer declaraciones «siguiendo el estilo de discreción que siempre han recomendado las autoridades diocesanas» y el acuerdo al que llegaron con la Agrupación de Cofradías para manifestar públicamente la decisión tomada una vez que estuviese por escrito. Esta decisión, «ha servido para beneficio de un posicionamiento que consideramos desacertado», ya que según las cofradías, esto no ha sido respetado por el presidente de la Agrupación, Francisco Alcalde, al que reprochan que haya hablado públicamente sobre el asunto dando una visión «irreal» de la polémica.

LA VIRGEN DEL BUEN FIN ESTRENARÁ UNOS RESPIRADEROS DE ORFEBRERÍA Y MALLA

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José Prieto. Redacción.

El paso de palio de María Santísima del Buen Fin presentará este año un avance considerable en la ejecución de los elementos que lo componen. Junto al nuevo techo de palio bordado por el taller de la hermandad bajo la dirección de fray Ricardo de Córdoba, del que ya dio cuenta ABC, el paso que acoge a la titular del Descendimiento estrenará en 2008 unos respiraderos que sustituirán a los de tela que había llevado desde su primera salida procesional en 1987 provisionalmente.

Los nuevos respiraderos conjugarán el trabajo en orfebrería y la malla bordada. En esta ocasión saldrá a la calle sólo la parte ejecutada en alpaca cincelada y plateada por los talleres de Orovio de la Torre, de Ciudad Real, también autores del dibujo, y que ya han trabajado para la hermandad del Campo de la Verdad, a la que han realizado la candelería del paso de palio que salió por primera vez en 2004.

Los diez paños en orfebrería y malla se distribuyen en torno a tres capillas que ocuparán el centro del respiradero frontal y el de los dos laterales. En ellas aparecerán representadas la fe, la esperanza y la caridad. Sobre el frontal del paso, en la calle central de la candelería, la Virgen llevará una reproducción en alpaca plateada de la imagen de San Rafael Arcángel que está en el Puente Romano.El año que viene, la hermandad tiene la intención de que sea el taller de bordado propio el que se encargue de enriquecer la malla de los respiraderos, que llevan cartelas de orfebrería de escenas del Nacimiento y la Pasión de Cristo.

Por otra parte, el paso del Santísimo Cristo del Descendimiento presentará otro adelanto considerable pues llevará dorados el respiradero trasero y las esquinas del trono.

Para el año 2009 quedan por dorar los laterales del paso, tarea que se ha encargado a José Carlos Rubio, que en 2001 acometió una reforma del mismo en la que se reestructuraron sus dimensiones.

BENDECIDO EL TECHO DE PALIO DE NTRA. SRA. DEL BUEN FIN

abc_techopalioLa hermandad del Santísimo Cristo del Descendimiento bendijo el sábado el nuevo techo del palio de la Virgen del Buen Fin. La pieza ha sido bordada en aplicación y oro fino por las camareras de la Virgen y otras mujeres de la cofradía (en la imagen), que bajo la dirección de Eduardo Fragero han interpretado el dibujo de fray Ricardo de Córdoba, que fue el encargado de bendecirlo junto al consiliario de la hermandad, Pedro Soldado. El techo cuenta con ocho cartelas con símbolos pasionistas. La gloria ha sido tallada por Manuel Luque.

EL VIERNES SANTO POR LUIS MIRANDA

Despedida de lo que casi no ha empezado.

Había mucha sed y se ha saciado muy poco. Han sido muchos días esperando la Semana Santa, soñando con las imágenes en la calle, con el rezo espontáneo, con la ofrenda del incienso y la música. Y entre suspensiones, aguaceros, salidas fallidas y llantos, acababa por ser Viernes Santo. La Virgen del Rosario se marchaba, melancólica y elegante buscando su auténtica carrera oficial: la Catedral cordobesa. «Mater Mea», «Sagrada Lanzada» se elevaban en el aire de Córdoba. Otro año habrían sido la culminación de una semana de emociones, de muchos momentos para recordar. Ayer este momento hería el corazón de los cofrades, que veían escaparse la Semana Santa después de haber disfrutado, pero no tanto como querían. Era un Viernes Santo que se quedó a medias y que pudo haberse hundido del todo. La mañana de este día, grande en todos los pueblos y ciudades y tristísima e insulsa en Córdoba, había amanecido soleada. Había algunas nubes, pero no asustaban. Y sin embargo, al filo de las cinco y media, llovía en Córdoba. Parecía una broma de mal gusto. Una nube negra tomaba el cielo de la ciudad y volvía a amanezar a su Semana Santa. Fue breve, pero bastó para descomponerlo todo. El Descendimiento tenía que salir a las 17.30 y pidió tiempo para pensar. Lo mismo hicieron a las 18.15 la Soledad y los Dolores.

El Viernes Santo estaba en suspenso, los cordobeses iban pendientes de la radio y preguntado qué pasaba con cada una. A las seis y media el Descendimiento suspendió su estación de penitencia. El año pasado llegó a procesionar por su barrio, aunque no pisó el Puente de Miraflores. Ayer el misterio y el paso de palio de la Virgen del Buen Fin ni siquiera llegaron a atravesar la puerta del local en que recibían a sus devotos. El paso del Cristo del Descendimiento tenía ya dorado el frontal del respiradero, con lo que su terminación tras la reforma está cada día más cercana. No se pudo ver el dramatismo del momento en que esta imagen tan querida en el Campo de la Verdad tiende la mano hacia los suyos. La cofradía prefería no arriesgar en un recorrido en que tiene que procesionar por espacios abiertos durante mucho tiempo.

La tarde ofrecía sensaciones contrapuestas. En la calle Agustín Moreno corrió pronto la buena noticia que comunicó un costalero a otro «Nos vamos». La Soledad salió con media hora de retraso, a las siete menos cuarto. Hubo un repetuoso entusiasmo al recibir a los nazarenos de impronta franciscana. La Virgen de la Soledad apareció al poco en el cancel para después elevarse con sencillez. Era el blanco de todas las miradas, que le acariciaban y rezaban en silencio mientras estaba detenida junto a su parroquia. Casi se podía escuchar el llanto adulto de la hermosa imagen, con la corona de espinas en las manos. Realmente parecía que todo se había consumado y la Madre había quedado sola al pie de una cruz melancólica. Los nuevos candelabros arbóreos en caoba y bronce han contribuido a realzar la belleza de un entorno que es casi de Virgen de gloria. Pasó con humildad franciscana por la calle Agustín Moreno, dejando en el aire la melancolía de la sábana y de los iris morados.

Muy poco tiempo después todos los ojos estarían pendientes de la plaza de la Compañía. En un día de peticiones de tiempo para pensar, el Santo Sepulcro volvió a tenerlo claro desde el primer momento. No era un Viernes Santo cualquiera para la hermandad. La admiración se adueñó de todas las miradas cuando en la portada jesuítica apareció el grandioso paso dorado que han concebido sus hermanos y tiene talla de Juan Pérez Sánchez, orfebrería en plata de Manuel Valera, dorado de Ángel Varo y faldones bordados por Jesús Rosado. Lo primero que de él llamo la atención fue el tamaño, ya que en la parte superior casi llegaba a la alta puerta. Su impresión en la calle fue tan sobrecogedora como en el templo y despertó no poca sorpresa entre quienes lo miraban. Entre la monumental arquitectura, la belleza de la urna, las prefiguraciones y la suntuosidad de los faroles y puntos de luz, había un detalle que casi pasaba desapercibido. El paso no llevaba flores. Ni una sola. La hermandad tenía previsto colocar las cuatro jarras de plata estrenadas en 2001 y que habían salido en el paso antiguo. Sin embargo, a última hora se comprobó que los iris morados que llevaba en los últimos años no conjugaban con la estética del nuevo trono y se decidió prescindir del exorno floral hasta encontrar la variedad apropiada. No oscureció el brillo del nuevo paso al paso de palio donde la Virgen del Desconsuelo recibía el calor de los amigos. La candelería encendida, la belleza del techo de palio y de los faldones y los motetes de la coral Cantabile contribuían a crear una atmósfera única, con puro sabor a Viernes Santo. La cofradía adornó el paso con piñas cónicas de azahar cerrado.

Tarde de contrastes.

Al mismo tiempo que la Virgen del Desconsuelo se marchaba camino de la Catedral se conocía la noticia más triste del día. La Virgen de los Dolores no saldría a la calle. Su cofradía había decidido suspender su estación de penitencia habida cuenta de que no tenía garantías de que la lluvia no le sorprendería a mitad de su camino. Era el segundo año consecutivo que la Señora de Córdoba faltaba a la cita con el pueblo que tanto la ama. Por el local de la plaza de Capuchinos fueron pasando hermanos y devotos. La Virgen llevaba rosas blancas en el frontal y en las demás jarras una combinación de alhelíes y lilium blancos. Su estampa única presentaba una novedad: en la mano derecha llevaba el escapulario servita, la orden impulsora de su devoción. El Cristo de la Clemencia llevaba rosas rojas. No era un Viernes Santo completo, pero seguía vivo. Lo corrobaraba la Expiración, que también salió con cierto retraso. La estampa del primer paso evoca ya a la última tarde Entre su friso de iris había algunos cardos que le añadían severidad cuando buscaba la Catedral que ayer fue el centro natural. Hacía allí llegaba el hermoso palio de cajón de la Virgen del Rosario, hermosísima entre un respetuoso silencio y sus marchas fúnebres. Las tres cofradías que salieron fueron el ancla a la que se agarraron quienes esta semana han recibido demasiados sinsabores.

Nuevo número de «Córdoba cofrade»

abc_cc«Oficios sacros» es el tema que se ha dado al número 116 de la revista «Córdoba cofrade», que edita la Agrupación de Cofradías y que se presentó ayer en la casa de hermandad del Descendimiento. En la imagen, el director de la revista, José Luis Romero; el presidente del organismo, Francisco Alcalde, y el consiliario de la Agrupación, Pedro Soldado, durante la presentación.

Foto: Valerio Merino.

Viernes Santo. Stabat Mater del llanto

COMO en un templo se vivió y se marchó el Viernes Santo. Más que nunca triste, más que nunca apagado, con la ciudad transida por la pena. Un día de reflexión interior, de pena íntima, marcado sólo por los cantos solemnes y la música de capilla. Aquel manto gris plomizo que cubría la ciudad desde la primera hora de la tarde no debía de ser muy distinto al de la hora tremenda de la muerte de Dios. Iban los cordobeses de iglesia en iglesia, miraban al cielo buscando respuestas.

Las cofradías estaban avisadas. Se presagiaba agua. Una bruma envolvía la ciudad cuando se puso en la calle el Descendimiento, con media hora de retraso. No suele faltar la cofradía del Campo de la Verdad a la cita con los suyos. Volvía a impresionar el grave misterio en que bajan al Señor de la cruz. Lo llenaba todo el viejo titular, tan querido por un barrio que seguía sus pasos.

Oro y rojo en el paso mientras la Magdalena se abrazaba con ternura a la cruz, los Santos Varones se afanaban en descolgar a Jesús y la Virgen del Refugio miraba casi desfallecida.

Con la alegría que siempre da un palio de barrio como es el de la Virgen del Buen Fin, la cofradía caminaba con tranquilidad por su barrio en el nuevo itinerario hacia el Puente de Miraflores. Pero crecían las nubes y la inquietud.

A las 18.15 tenía que salir la hermandad de la Soledad. Rebosaba la calle Agustín Moreno de cordobeses esperando para recibirla, pero en el interior de Santiago la hermandad se temía lo peor. A la hora en que debía salir, la cofradía hizo correr la noticia de que había suspendido su estación de penitencia. Pronto se extendió por todos los alrededores. Media hora más tarde se abrían las puertas de Santiago. Ante el presbiterio estaba detenido el paso de María Santísima en su Soledad, bellísima, como siempre, en su sencillez, al pie de la cruz.

La iluminaban sus personales candelabros, este año con doce nuevos faroles situados en la base de la canastilla y al pie de la imagen. Nazarenos, costaleros y acólitos cerifarios hacían guardia ante el paso de la Virgen mientras los hermanos rumiaban su pena con sobriedad y entre abrazos de mutuo apoyo.

El regreso

Poco a poco las nubes le habían ganado el terreno al azul del cielo. El gris amenazaba con agua. El Descendimiento, que andaba por la avenida de la Calahorra, decidía entonces regresar a casa. No cruzó el Puente de Miraflores, sino que tomó el camino de su templo sin prisas, disfrutando de la presencia de su barrio.

La Expiración y los Dolores pedían tiempo. El Santo Sepulcro no esperó y para sorpresa de todos se puso en la calle a su hora. No decepcionó a nadie. Sin hacer caso de las amenazas desplegó su fascinante puesta en escena: cruz de guía con manguilla, matraca, nazarenos altísimos.

Había que despedirse del viejo paso del Señor, que el año que viene no estará. La música de capilla acunaba con exquisitez la urna decimonónica mientras el paso se movía con su característico andar. Crujía la madera mientras bajaba con lentitud por Blanco Belmonte, entre un silencio respetuoso.

El de la Virgen del Desconsuelo era el retablo de la solemnidad. Sorprendió otra vez con un exorno a base de ramos cónicos de azahares cerrados, como hace dos años. Los motetes del coro Cantabile disponían el ánimo para el encuentro con Dios, sobre todo el «Stabat Mater». Entre incienso y la deslumbrante belleza del conjunto llegaban la Virgen, San Juan y Santa María Magdalena, abatida la titular y presas de la tristeza los amigos.

Luis Miranda. Redacción

Disfrutaban los cordobeses en silencio de la fascinante presencia de los pasos mientras el cielo seguía gris. A esas horas se iban desgranando noticias por la radio. La Expiración y los Dolores habían decidido suspender sus procesiones. San Pablo ni siquiera se abrió a las visitas de los fieles. Poco antes de las ocho de la tarde los nazarenos abandonaban la iglesia mientras la cofradía desmontaba sus pasos.

No pudo pisar la calle el áspero, esencial Calvario del Cristo de la Expiración. Miraba al cielo de San Pablo el titular, tocado con sus potencias de oro, elevado sobre las piedras, las pitas y los iris como contrapunto a la madera de caoba. Entre jarras de clavel blanco, tocada como Reina, la Virgen del Rosario lloraba la pena de no poder mostrar su belleza ante los cordobeses. La ciudad se desangraba.

En Capuchinos, los nazarenos de los Dolores no podían contener la frustración. Lloraban muchos de ellos en el interior de San Jacinto, bullía la plaza del Cristo de los Faroles de gente deseando ver a la Señora. En el interior del local estaban los dos pasos. El Cristo de la Clemencia tenía a sus pies claveles rojo sangre y rosas del mismo color. La Virgen de los Dolores llegaba rodeada por originales flores blancas, entre ellas alhelíes. Daba pena ver su rostro tan venerado. Lucía la saya del Espíritu Santo y su tradicional manto de los dragones.

A esas horas, las ocho de la tarde, todo se esfumaba. El Descendimiento refugiaba sus pasos en su casa de hermandad, entre las vivas y el cariño de su barrio. Caían gotas en el centro de Córdoba. El Santo Sepulcro entraba en la Catedral y era un Viernes Santo como los que planeó el obispo Trevilla. Al poco se supo que no haría la carrera oficial. Había cumplido llegando al primer templo y regresaba a la Compañía.

Por el camino de ida subía por la Judería. Poco después de las diez de la noche el templo acogía a oscuras la llegada de los dos pasos de la cofradía. Chispeó otro poco, pero apenas de forma testimonial. Tras cerrarse las puertas, sólo quedó en los oídos el eco majestuoso del «Stabat Mater».