Un campo de batalla trás la derrota

abc_vs2011Dolores, Descendimiento, Soledad, Expiración y Sepulcro se quedan en casa después de que las nubes no les dieran ninguna oportunidad
Redacción. Luis Miranda

Normalidad. La peor palabra del mundo para hablar de la Semana Santa. Frente a las calles que se transforman en templos heterodoxos y bulliciosos, la normalidad de quien camina ajeno a todo lo que le rodea. Si uno esperaba un paraje urbano tomado por un paso, regresaba su habitual estampa de veladores, prisas y parroquianos. No había en los barrios de la Ajerquía demasiados visitantes de otros lugares de la ciudad y casi parecían vivir un día cualquiera. No cabía más tristeza en los charcos repetidos, en los paraguas abiertos, en la soledad de unas calles acostumbradas a estar atestadas en días como ayer. ¿Viernes Santo? Otra vez lo sería sólo en los oficios de las iglesias, pero no para las cofradías en las calles ni para la Señora de Córdoba en su anual correspondencia de visita al pueblo que tanto la venera.

No llegaron los ánimos enteros a la última tarde. No estaban los cuerpos cansados por el Jueves Santo y el apurar de la Madrugada. No dolían las rodillas de las caminatas y las esperas, aunque las colas para entrar a las iglesias hicieran lo suyo, ni olía a cera el asfalto, más que de lo que quedara del Miércoles Santo. Se acordaba todo el mundo de lo que había pasado con el Jueves y las predicciones eran exactamente las mismas. El día fue un calco. La mañana, algo menos serena, tuvo un pequeño chaparrón y se comenzó a estropear en serio a partir de las tres de la tarde.

Poco después de las cuatro ya diluviaba. Si alguien soñaba, se despertó con un jarro de agua fría y una bofetada de realidad. No se diferenciaba mucho el día del anterior: trombas fuertes de agua de corta duracion, más o menos lo justo para caer en la cuenta de que hay que se prudente. A las 16.45 tenía que salir de los Dolores y no quiso ni mirar el horizonte: suspendió enseguida. Sus nazarenos y costaleros hicieron turnos de vela ante sus dos pasos y fueron pasando ante sus titulares. La Señora de Córdoba, majestuosa en su peana, lucía del todo enlutada, con la saya negra compañera del manto de los dragones que siempre lleva el Viernes Santo. En su paso dominaban las rosas de un tono muy pálido y las blancas, pero también había calas y celindas, estas de crianza natural suministradas por un hermano.

Para el Cristo, sus ya habituales rosas rojas a los pies y en las dos jarras. A la hora en que iban pasando sus cofrades y esperaba en las puertas el pueblo de Córdoba, la Expiración de Málaga y la Estrella de Córdoba se alternaban en la ofrenda de música para las imágenes, pero poco después de las cinco y media de la tarde volvió la lluvia y con fuerza. Las bandas, que tocaban en la plaza de Capuchinos, dieron por terminado el recital y fuera el pueblo esperaba para rendir visita a la imagen más venerada de la ciudad.
A las seis tendrían que haber salido la Soledad y el Descendimiento. La Corredera tenía el trasiego normal de cualquier día, con la gente sentada disfrutando del día festivo. Las colgaduras de la ermita del Socorro estaban empapadas y por la calle Agustín Moreno no había ni alma hasta la misma parroquia de Santiago.

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Pidió media hora y empezó a llover. No habría forma de cambiar el sino del día. Por la antigua calle del Viento, donde da la desconocida portada gótica de la iglesia, los costaleros eran pesimistas. La cofradía suspendió al poco y las rendijas de la puerta dejaban ver cómo el paso se movía para disponerse en el altar mayor mientras el agua repiqueteaba fuera. Sobre un cuadro en caoba, bronce y el morado de los iris reinaba la Virgen de la Soledad, consolando con su serenidad de dos lágrimas a sus hermanos y devotos del barrio, que por fin pudieron rezar delante de Ella en el día en que se había quedado sin su Hijo.

El Descendimiento tampoco se lo pensó demasiado, ni para suspender ni para abrirse a su gente. Demasiado tiempo esperando un barrio a su hermandad como para tenerlos otro rato aguardando. El cielo había dado una tregua entre las seis y las siete de la tarde y medio Campo de la Verdad se agolpaba para ver a sus pasos, rojo y oro el del Cristo y blanco y rojo el de la Virgen del Buen Fin. Sólo llovían saetas y emoción en aquel momento de ir y venir de niños de esclavina y nazarenos marchándose a casa, pero la cofradía no necesitaba estar en la calle para saberse querida por los suyos.

El claro duraba poco y se sabía. El Puente Romano, privilegiado observatorio meteorológico del cielo, mostraba otro negro nubarrón a punto de descargar en Córdoba. Había ciertas dudas con el Santo Sepulcro, que venía con fama de no suspender casi nunca, y que quizá soñara ir a la Catedral y volver a casa, como hizo en 2006. El Patio de los Naranjos, meta de todas las hermandades, esperaba vacío en vano.

Hacía rato que se había perdido la esperanza y junto a la parroquia de la Compañía no había ni de lejos el ambiente que rodea otros años a la elegante cofradía. Las enormes puertas estaban cerradas, pero por los costaleros se escapaba la noticia pasadas las siete y media: la hermandad había suspendido hacía ya bastante tiempo. En aquel momento se estaba rezando el via Crucis en el interior y la hermandad abriría después para que el pueblo admirase a sus titulares en sus pasos. No defraudó su puesta en escena, con la iglesia a oscuras y la única luz de las velas, como si el Señor realmente estuviera en la frialdad oscura de su sepulcro.

A su lado, el paso de palio mostraba todo el esplendor de su impecable candelería iluminando a la Virgen, a San Juan y a la Magdalena. Altas piñas cónicas de claveles blancos eran la ofrenda que la hermandad había preparado para este año en que Nuestra Señora del Desconsuelo en su Soledad por primera vez no pisaba las calles el Viernes Santo. Desde 1985 no suspendía la cofradía su estación de penitencia por culpa de la lluvia.

A esas horas también la Expiración había anunciado que no saldría a las calles. Llovía con mucha fuerza para bendecir la decisión de las demás y no se esperaba otra cosa. En la cabecera de San Pablo estaban los dos pasos, severo y ascético el del Señor y rico sin perder la contención el de la Virgen. Con la caída de la tarde y la fuerza de la lluvia, parecía que el Cristo de la Expiración se estaba muriendo y el cielo se preparaba para las tormentas de las que habla el Evangelio. Fuera, la gente se agolpaba en la rampa de la iglesia de San Pablo.

No pudo rezar la cofradía por los fallecidos por el cáncer ni por quienes luchan por superar esta enfermedad, pero ardió el cirio que con su inscripción llevaba la Virgen del Rosario y muchos cofrades lo tendrían presentes en sus oraciones, repetidas en todas las iglesias antes y después de que se abrieran las puertas.
Poco después de las diez de la noche, Córdoba era un paisaje húmedo y triste, barrido por los aguaceros y con el alma hundida. Valdría la metáfora del campo después de la batalla, con un ejército derrotado por un enemigo sin piedad, el silencio de quien no tiene palabras y el olor al asfalto en vez del rastro de la sangre