Viernes Santo. Stabat Mater del llanto

COMO en un templo se vivió y se marchó el Viernes Santo. Más que nunca triste, más que nunca apagado, con la ciudad transida por la pena. Un día de reflexión interior, de pena íntima, marcado sólo por los cantos solemnes y la música de capilla. Aquel manto gris plomizo que cubría la ciudad desde la primera hora de la tarde no debía de ser muy distinto al de la hora tremenda de la muerte de Dios. Iban los cordobeses de iglesia en iglesia, miraban al cielo buscando respuestas.

Las cofradías estaban avisadas. Se presagiaba agua. Una bruma envolvía la ciudad cuando se puso en la calle el Descendimiento, con media hora de retraso. No suele faltar la cofradía del Campo de la Verdad a la cita con los suyos. Volvía a impresionar el grave misterio en que bajan al Señor de la cruz. Lo llenaba todo el viejo titular, tan querido por un barrio que seguía sus pasos.

Oro y rojo en el paso mientras la Magdalena se abrazaba con ternura a la cruz, los Santos Varones se afanaban en descolgar a Jesús y la Virgen del Refugio miraba casi desfallecida.

Con la alegría que siempre da un palio de barrio como es el de la Virgen del Buen Fin, la cofradía caminaba con tranquilidad por su barrio en el nuevo itinerario hacia el Puente de Miraflores. Pero crecían las nubes y la inquietud.

A las 18.15 tenía que salir la hermandad de la Soledad. Rebosaba la calle Agustín Moreno de cordobeses esperando para recibirla, pero en el interior de Santiago la hermandad se temía lo peor. A la hora en que debía salir, la cofradía hizo correr la noticia de que había suspendido su estación de penitencia. Pronto se extendió por todos los alrededores. Media hora más tarde se abrían las puertas de Santiago. Ante el presbiterio estaba detenido el paso de María Santísima en su Soledad, bellísima, como siempre, en su sencillez, al pie de la cruz.

La iluminaban sus personales candelabros, este año con doce nuevos faroles situados en la base de la canastilla y al pie de la imagen. Nazarenos, costaleros y acólitos cerifarios hacían guardia ante el paso de la Virgen mientras los hermanos rumiaban su pena con sobriedad y entre abrazos de mutuo apoyo.

El regreso

Poco a poco las nubes le habían ganado el terreno al azul del cielo. El gris amenazaba con agua. El Descendimiento, que andaba por la avenida de la Calahorra, decidía entonces regresar a casa. No cruzó el Puente de Miraflores, sino que tomó el camino de su templo sin prisas, disfrutando de la presencia de su barrio.

La Expiración y los Dolores pedían tiempo. El Santo Sepulcro no esperó y para sorpresa de todos se puso en la calle a su hora. No decepcionó a nadie. Sin hacer caso de las amenazas desplegó su fascinante puesta en escena: cruz de guía con manguilla, matraca, nazarenos altísimos.

Había que despedirse del viejo paso del Señor, que el año que viene no estará. La música de capilla acunaba con exquisitez la urna decimonónica mientras el paso se movía con su característico andar. Crujía la madera mientras bajaba con lentitud por Blanco Belmonte, entre un silencio respetuoso.

El de la Virgen del Desconsuelo era el retablo de la solemnidad. Sorprendió otra vez con un exorno a base de ramos cónicos de azahares cerrados, como hace dos años. Los motetes del coro Cantabile disponían el ánimo para el encuentro con Dios, sobre todo el «Stabat Mater». Entre incienso y la deslumbrante belleza del conjunto llegaban la Virgen, San Juan y Santa María Magdalena, abatida la titular y presas de la tristeza los amigos.

Luis Miranda. Redacción

Disfrutaban los cordobeses en silencio de la fascinante presencia de los pasos mientras el cielo seguía gris. A esas horas se iban desgranando noticias por la radio. La Expiración y los Dolores habían decidido suspender sus procesiones. San Pablo ni siquiera se abrió a las visitas de los fieles. Poco antes de las ocho de la tarde los nazarenos abandonaban la iglesia mientras la cofradía desmontaba sus pasos.

No pudo pisar la calle el áspero, esencial Calvario del Cristo de la Expiración. Miraba al cielo de San Pablo el titular, tocado con sus potencias de oro, elevado sobre las piedras, las pitas y los iris como contrapunto a la madera de caoba. Entre jarras de clavel blanco, tocada como Reina, la Virgen del Rosario lloraba la pena de no poder mostrar su belleza ante los cordobeses. La ciudad se desangraba.

En Capuchinos, los nazarenos de los Dolores no podían contener la frustración. Lloraban muchos de ellos en el interior de San Jacinto, bullía la plaza del Cristo de los Faroles de gente deseando ver a la Señora. En el interior del local estaban los dos pasos. El Cristo de la Clemencia tenía a sus pies claveles rojo sangre y rosas del mismo color. La Virgen de los Dolores llegaba rodeada por originales flores blancas, entre ellas alhelíes. Daba pena ver su rostro tan venerado. Lucía la saya del Espíritu Santo y su tradicional manto de los dragones.

A esas horas, las ocho de la tarde, todo se esfumaba. El Descendimiento refugiaba sus pasos en su casa de hermandad, entre las vivas y el cariño de su barrio. Caían gotas en el centro de Córdoba. El Santo Sepulcro entraba en la Catedral y era un Viernes Santo como los que planeó el obispo Trevilla. Al poco se supo que no haría la carrera oficial. Había cumplido llegando al primer templo y regresaba a la Compañía.

Por el camino de ida subía por la Judería. Poco después de las diez de la noche el templo acogía a oscuras la llegada de los dos pasos de la cofradía. Chispeó otro poco, pero apenas de forma testimonial. Tras cerrarse las puertas, sólo quedó en los oídos el eco majestuoso del «Stabat Mater».