Un hueco en la trabajadera

Redacción. L.M. | P.G.B.

«¡Joaquín, que voy a llamar!», decía Andrés Luna Moya con el martillo en la mano un Viernes Santo cualquiera que ya no podrá repetirse. Y Joaquín, desde la última trabajadera del paso de palio de la Virgen del Buen Fin, quizá con la concentración que le dio su disciplina militar, diría algo así como: «Llama cuando quieras, que la cola está», poco antes de que el paso que mandaba el capataz, su primo, buscase el cielo en un breve salto y echara a andar.

Joaquín Moya Espejo no estará el Viernes Santo debajo de su Virgen, la titular de la cofradía del Descendimiento, su cofradía de toda esa vida que ayer le arrebataron de un disparo en Afganistán, donde servía al ejército español.

José Enrique Domenech, el hermano mayor del Descendimiento, recordaba ayer emocionado al sargento primero caído en combate, al que conocía desde pequeño porque serían de edades parecidas. «Era lo que se dice un hermano costalero, porque pertenecía a la cofradía y era muy devoto de la Virgen del Buen Fin», cuenta de este militar al que recuerda criado en el barrio de Fray Albino y muy vinculado a todo lo que sucedía en el Campo de la Verdad.

En los últimos años, por su destino en el Norte, no podía ensayar, pero tenía su sitio en el paso y pedía el permiso pertinente para viajar desde Vitoria y calzarse el costal y las zapatillas y ponerse la faja para llevar a su Virgen. No se lo dieron en 2011, aunque la lluvia dejó a la cofradía sin salir. En 2012, cuando Nuestra Señora del Buen Fin salga a la calle entre la devoción del Campo de la Verdad, seguro que Andrés Moya Luna le vendrá el recuerdo de cuando llamaba por su nombre bajo el paso a aquel costalero de la última trabajadera, justo bajo el amparo protector del manto rojo de la Virgen, que ayer dio su vida defendiendo a España. Manuel Aguilera, el anterior hermano mayor, también lo recuerda en la Fiesta de Regla y en los cultos y resalta su implicación activa en la vida de la hermandad, en cuya Junta de Gobierno tenía familiares y que pronto le recordará con una misa.

El Campo de la Verdad está de luto. Un barrio de casas bajas donde los vecinos se asomaban a la calle a medida que reconocían en la televisión a Joaquín, el niño de la esquina, el cofrade, que estaba en el norte destinado y era militar. Muchos desconocían que estaba de misión en Afganistan, tan solo llevaba un mes en el país de los talibanes.

«Un mes solo allí», repetía su hermano pequeño, Rafael, una y otra vez, a ratos incrédulo por lo que había pasado. «No sabemos nada, no nos cuentan nada», acertaba a balbucear con los ojos llenos de lágrimas, incrédulo por la desgracia que acababan de comunicarle apenas unas horas antes el Ministerio de Defensa. Los militares han estado aquí, «mis padres y mi hermana están ni te lo imaginas, no pueden estar peor, no sabemos ni cómo ha podido ser», comentaba. Rafael insistía en dejar claro que su hermano mayor era un militar «de vocación». Orgulloso de su hermano, Rafael quería que todo el mundo supiera que Joaquín se fue al Ejército porque le gustaba, «no lo hacía por dinero». Está convencido, al igual que sus padres que su hermano estaba encantado con su destino y con sus compañeros de Vitoria, «a él le gustaba eso», explicaba en pocas palabras.

Sobre la vida privada de su hermano, Rafael no quiso ahondar y sólo reconoció que su hermano tenía un niño pequeño, y que después de un fracaso matrimonial estaba «rehaciendo su vida». En la puerta de la casa de Joaquín, un reguero de familiares y amigos entre los que se entreveía algún uniforme militar querían compartir el dolor con la familia Moya-Espejo. Los padres, enmudecidos, tenían sus puertas abiertas.