El Viernes Santo recupera la calle, pero se queda a medias

El Descendimiento y el Santo Sepulcro son las únicas que vencieron al amenazante cielo

Quizá en el aire haya quedado la satisfacción de ver a cofradías en la calle, pero no ha sido un Viernes Santo como el que se esperaba en Córdoba. Todo depende del momento. A las siete de la tarde era desesperanzado y triste, con el cielo gris y las suspensiones sucediéndose. A las diez de la noche, parecía que el día se había venido arriba, aunque de cinco cofradías sólo dos pisaron la calle. Es un pequeño consuelo en esta Semana Santa de Córdoba 2019 que vive un final muy difícil por la amenaza constante de lluvia.

El día ya era tardío de por sí, pero lo fue aún más. La Expiración, que tuvo que haber sido la primera en salir, pidió la media hora preceptiva y retrasó su decisión final a las 18.55. Habían caído tormentas pequeñas en algunas zonas de Córdoba, pero no en el Centro. En Santiago y en San Jacinto hacían lo mismo: miraban al cielo amenazante y preguntaban por lo que podían hacer.

Pero al filo de las siete de la tarde el día parecía que se venía abajo, como el Jueves Santo. Las tres suspensiones pesaron como losas. Ni la Virgen de los Dolores, ni la Expiración ni la Soledad saldrían. Triste Viernes Santo el que se avecinaba. Al poco abrieron los templos. En la plaza de Capuchinos la Señora de Córdoba lucía más serena y cercana que nunca, vestida esta vez con la saya del Espíritu Santo. Gustaba verla, pero por segundo año consecutivo no se movió de allí. En Santiago, en la oscuridad estaba la belleza tan sencilla como honda de la Soledad.

Y en San Pablo, por un muy breve tiempo, se pudo admirar al Cristo de la Expiración, con iris morados y pitas, como es tradicional, con ese grito que anuncia la muerte del Señor en las calles de Córdoba como todos los Viernes Santos. El día tenía después un compás de espera que también se alargó media hora, pero esta vez terminó bien. Poco después de las ocho de la tarde se supo que el Descendimiento saldría a la calle.

La multitud que recorrió las calles se fue al Campo de la Verdad. Desde que entró el Perdón, antes de la medianoche del Miércoles Santo, no se había puesto una sola cruz de guía en la calle. Y se abarrotaron la plaza de Santa Teresa y el Puente Romano para seguir a la cofradía, que venció el espíritu solemne del Viernes Santo con su espíritu de barrio de siempre.

El misterio, con claveles rojos e iris morados, avanzaba con fuerza mientras veía la meta de la Catedral, y la Virgen del Buen Fin vibraba presintiendo la alegría de la resurrección y también por poder estar en la calle. A esas horas también se sabía que el Santo Sepulcroiba a salir a la calle, también con media hora de demora.

También la plaza de la Compañía estaba atestada para recibir a la cofradía, que se ha presentado fiel a su estilo y a su impecable forma de ser, conjuntanda desde el principio hasta el final. Un gran silencio ha visto bajar al Señor del Santo Sepulcro en su urna desde el templo hasta la calle Conde de Cárdenas, mientras una pieza cantada con acompañamiento de música de capilla lo acunaba.

La Virgen del Desconsuelo, impecable de candelería y de altas piñas, ha dejado en el aire el pellizco de una nostalgia, por lo que se disfruta y por lo que podría haber sido. La hermandad ha acortado su itinerario: no va por Romero Barros y el Potro, sino que recorre toda la calle San Fernando hacia la Cruz del Rastro. Mientras estén en la calle, habrá un Viernes Santo, aunque disminuido, que disfrutar.