Camino y Cruz de Enseuño

Camino de cruz y ensueño

Las cofradías arropan al Cristo del Descendimiento en el rezo de las estaciones por un recorrido de gran belleza que tuvo en el Puente Romano uno de sus mejores momentos.

Luis Miranda – ABC Córdoba

¿Mirar al interior? No es que no haga falta, y muchos de los que estaban en las aceras lo harían y lo harán, pero la tarde de ayer era para beberse las calles, para empaparse de una ciudad que respiraba espiritualidad precisamente por su parte más hermosa y a la mejor hora del año y del mundo. Descendía primavera, que diría el poeta, aunque el almanaque diga que todavía habrá que esperar casi un mes. Pero el presentimiento es muy fuerte, y no había más que salir a la calle para darle pellizcos al aire y comprender que ya estaba a la vuelta de la esquina.

Por el Puente Romano, dorado en su cara occidental por un sol declinante que cada día quiere estar en Córdoba unos cuantos minutos más, llegaba el cortejo de estandartes y varas, guiados por una cruz que se sabe el camino del río de memoria. Por allí, arropada por varias decenas de hermandades de gloria y penitencia, venía el Cristo del Descendimiento, el titular de la más antigua de las cofradías que cruzan el Guadalquivir y en torno al cual las cofradías rezaban el Via Crucis.

Era una tarde como de deshielo, como si no hubiera derecho a templar el ambiente después de que los huesos todavía recuerden la severidad polar de las semanas anteriores. Por eso en la Puerta del Puente sorprendía una temperatura que contaba, sin que todavía se hubieran visto las primeras cruces, que algo grande esperaba a la vuelta de cualquier lugar hermoso.

Así sería. Tras del cortejo de hermandades, y precedido por su cuerpo de acólitos, llegaba el Cristo del Descendimiento. Le rodeaba un aire de novedad y otro de Viernes Santo de toda la vida. No había esta vez el brillo del oro de su paso y de los claveles rojos y los capirotes que le dan cortejo en la foto de la memoria. Ahora todo venía resuelto en la oscuridad y la penitencia de la Cuaresma. No iba el Señor bajando de la cruz, o al menos no de la arbórea de la que pende en su capilla y en su paso.